diciembre 4, 2022



Santiago Roncagliolo y yo llegamos a España un 12 de octubre. Él en el año 2000, yo en 2006. España era otra, el mundo también. Hablamos de estas cosas porque el escritor peruano ha publicado el volumen de relatos ‘Lejos. Historias de gente que se va’ (Alfaguara), un bestiario desternillante a la vez que desgarrador de quienes viven en tránsito. Veinte años en la vida de una persona emulsionan las muchas versiones de quienes fuimos y el retrato del lugar donde esa transformación ocurrió. La España previa a la crisis financiera de 2008 tenía el viento a favor. El apogeo del sueño europeo campaba, los ciudadanos se percibían como individuos prósperos y libres. La democracia liberal, pensamos, nos vacunaría contra todo desvarío. Entonces, el terrorismo etarra daba coletazos después de asesinar a casi 800 personas y la economía parecía una verdad tallada en ladrillo y hormigón. Pero las Torres Gemelas se desplomaron y Atocha estalló. Y aunque parezcan asuntos remotos, algo tienen que ver con esto. A las seis de una tarde con lluvia, en la editorial que ha publicado los libros de Roncagliolo, los míos y los de nuestros maestros, escucho una frase del peruano que me recorre aún como un calambre: «La crisis económica trajo la tribalización, esta idea de ‘los nuestros primero’. Aquel mundo dista, también, del de la pandemia y del que vino después», dice Roncagliolo con esa capacidad tan suya de estilizar el exceso y podar lo trágico. En 2008 aparecieron las tribus. Desde el «abuelo rojo» de Zapatero hasta la creciente desazón que produce un grifo cuando se cierra. El crematorio de Chirbes, a toda mecha. «Perú es una sociedad con una gran violencia interior. Aquí la gente está dispuesta a vivir, a entenderse, aunque ellos digan lo contrario», asegura Roncagliolo. Dos horas después, atravieso el umbral de mi casa calada hasta los huesos, repitiéndome: «Aunque ellos digan lo contrario». Una nación está formada, también, por quienes la eligieron, acaso porque hay algo luminoso en una sociedad que en cuarenta años hizo lo que muchas no han conseguido en un siglo. Lo sorprendente es que una parte de su ciudadanía no lo recuerde o, peor aún, que compre la mercancía averiada de un olvido interesado. Las 518 palabras de esta columna no obedecen al voluntarismo del que subraya un arraigo –en mi caso, toda vehemencia patria ha prescrito–, se trata de la sensación de alerta de quienes crecieron en la desaparición. Es el remanente de los que saben que las cosas nunca deben darse por amortizadas. Se empieza por el lenguaje y la disección de lo colectivo en agravios grupales, hasta olvidar lo que sostiene un proyecto común: sus leyes. Lo tribal enceguece y envilece, aplana, lamina y vulnera la igualdad. España eso lo sabe bien, a pesar de quienes pretendan olvidarlo, manosearlo o reescribirlo arropados por el cansancio, el hartazgo o el resentimiento. Aunque digáis lo contrario, el edificio sigue en pie, incluso cuando llueven piedras.



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